La Cama

Sep. 23

LA CAMA

 

En Mi año de descanso y relajación (Ottessa Moshfegh, 2018) una joven newyorkina de clase alta toma la decisión, ayudada por un fuerte cóctel de pastillas, de dormir durante un año seguido. Cree en el descanso como un arma de supervivencia: “Sentía que el sueño era algo productivo. Algo se estaba arreglando. En mi corazón sabía que cuando hubiese dormido lo suficiente estaría bien. Me renovaría, renacería. Sería una persona completamente nueva”. Desde su cama-mundo ella mira películas clásicas, compra lencería fina por internet y deja atrás su vida pasada a fuerza de reposo. 

 

El primer significado cuando googleo la palabra “cama”es: 

 

Mueble destinado a que las personas descansen en él. 

 

La cama suele asociarse al reposo pero puede ser mucho más que eso. 

 

A sus siete años Bruno Gelber se enfermó de una poliomielitis que afectó su pierna izquierda. No podía levantarse pero encontró la forma de seguir: estudiaba con la cama metida adentro del piano desde la que estiraba las manos para practicar.


Frida Kahlo tuvo un catastrófico accidente a los dieciocho años que la obligó al reposo por largos periodos de tiempo a lo largo de su vida. Pintaba su cara acostada desde la cama, con un espejo y un caballete diseñados especialmente para su postura horizontal. 

 

John Lennon y Yoko Ono pasaron dos semanas acostados en la cama de un hotel, en el que dejaban entrar a fotógrafos y espectadores, como forma pacífica de protestar contra la guerra de Vietnam. 

 

Pasar mucho tiempo en la cama tiene mala prensa. Es un hábito que se asocia rápidamente con la depresión o con la holgazanería. 

 

En un cuento escribí: 

La imagen de mamá en la cama durante el día es la que más veo. Desde que se separó de papá se pasa los días acostada leyendo, hablando por teléfono o viendo tele con el gato a upa. Cuando me voy al colegio la despido en su cama y cuando vuelvo ahí sigue.

 

En otro cuento escribí: 

La cama es su centro de operaciones. Cuando un día viene malo se instala ahí y se concentra en alguna actividad pequeña.

 

La cama puede ser un refugio contra la vorágine del mundo. 

 

Desde la cama estudié una carrera universitaria entera, escribí la mayor parte de mis dos libros, trabajé jornadas completas y desde la cama escribo esto ahora. A veces creo que pienso mejor de forma horizontal. 

 

Pero la vida útil del pensamiento horizontal, tarde o temprano, se agota. Una vez que se traspasa cierta frontera la cama se vuelve un abismo capaz de hundirnos tras sus fibras blandas. Por ejemplo, comer en la cama puede ser un placer muy anhelado, un merecido mimo a una misma hasta que las migas caen y nos rozan la piel y una mancha de mayonesa en la sábana vuelve la experiencia hedonista en un chiquero. Hay que tener fortaleza para no sucumbir ante el encanto de la cama, para romper el hechizo y animarse a escapar de su comodidad. Para escuchar el susurro que indica que ya es hora de salir a ver el mundo. 

 

Pasado su año de descanso y relajación la joven newyorkina de clase alta decide que su reposo ya fue suficiente. El sueño funcionó. Se siente mejor. Está lista para retomar su vida. Sale de su cama al mundo y compra un televisor en el que ve la cobertura del atentado contra las Torres Gemelas. Desde ahí sigue con la mirada a una mujer que cae al vacío. “Ahí está, una persona zambulléndose en lo desconocido, y lo hacía completamente despierta”  

 

Afuera todavía hay sol. Me estiro, tomo aire. Abandono la cama pero solo por un rato. Solo para poder volver después.   

 
Texto: Ana Montes
Fotografía: Uki Espona

 

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